martes 27 de marzo de 2018 - 21:14                1124
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Argentina-España: sin Messi, la selección sufrió un durísimo golpe de realidad a 79 días del Mundial de Rusia
Sampaoli textual:: "La responsabilidad de lo que pasó es mía, España nos abofeteó"
Argentina-España: sin Messi, la selección sufrió un durísimo golpe de realidad a 79 días del Mundial de Rusia

MADRID.- Una trompada en la cara. Un baño de verdad, a menos de dos meses de la cita esperada. Una demostración contante y sonante de una realidad grande como Rusia, el país que la Argentina pretende conquistar: sin Messi, la selección argentina no da la talla ante los grandes. Puede pelear, trabar, meter la pierna, empujar. Pero es difícil que juegue bien, que compita en serio contra los que portan la chapa de candidatos a ganar el Mundial. El histórico 6-1 que se lleva de aquí, con el capitán sufriendo en un palco, no funcionará de despertador de nada, porque ya se sabía todo de lo que se carece: no hay medio campo, no hay respuestas anímicas, no hay jerarquía de equipo grande sin el 10. Una molestia muscular, entonces, puede significar salir a la cancha a jugar a lo que se puede, nunca a lo que se quiere.


El resultado puede ser exagerado, sí, pero es un detalle que no cambia la lectura. Hay una diferencia conceptual, táctica, técnica y hasta emocional muy grande entre la Argentina y España. Se sabe, todo puede pasar en un Mundial, donde incluso los imponderables resultan decisivos: una lesión, una expulsión, un gol fallado... Pero a no equivocarse: si se tratara de un campeonato largo, la selección hoy no podría presentarle batalla por el título a equipos así. Lo que ocurra entre junio y julio, claro, será una historia que empezará a escribirse entonces. ¿Le alcanzarán dos semanas de preparación a la selección de Sampaoli para convertirse en el equipo que hoy ni por asomo es? ¿O deberá encomendarse a Messi? Messi, el ausente que se nota siempre.

España encontró líneas de pase en cualquier parte de la cancha. Eso obligó a la Argentina, ante la evidente inferioridad en la capacidad para asociarse, a correr siempre de atrás. El desgaste no es sólo físico: sobre todo es mental. No hubo, a lo largo de todo el partido, una manera de encasillar a los futbolistas locales en una posición. ¿Qué es Thiago Alcántara? ¿Volante central? ¿Interior izquierdo? ¿De qué juega Isco? ¿De extremo izquierdo o derecho? ¿O en el medio? Solo a Diego Costa se le puede añadir una referencia concreta: él es un finalizador nato. Mejor, incluso, no incluirlo demasiado en la sinfonía de pases que arrancan en De Gea.

"Ellos tienen todo lo que nosotros deseamos", había dicho Sampaoli el día anterior cuando le pidieron que destacara la máxima virtud de España. La Argentina empezó tímida, condicionada por el toqueteo local. Pelearle la posesión al equipo que inventó el concepto sonaba a objetivo inalcanzable. Y el andar del partido lo demostró. Lo que podía hacer la selección, disminuida por la ausencia de Messi, era agruparse para viajar junta de lado a lado. "Tenemos que ser un vagón, no un tren", había trazado la idea el DT. Cuando lo consiguió por primera vez, a los 7 minutos, encadenó una serie de pases que empezó en Mascherano, siguió en la conducción de Lo Celso, continuó en un desborde de Meza y terminó con una mala definición de Higuaín en la cara del arquero. Fue un despertar, un modo de decirle a España que la vía del contraataque podía ser eficaz.

Pero todo el juego, rico en matices, tuvo el dominio posicional que España es capaz de ejercer ante cualquiera. Aumentado cuando Iniesta -¡Iniesta!- presionó alto a Mascherano, le robó la pelota y la jugada culminó en el gol de Diego Costa: apenas el primero. Romero, golpeado en la acción, tuvo que dejar su lugar. Y entonces Sampaoli tomó una decisión que puede ser un indicio a futuro: adentro Caballero, no Guzmán. Más allá del detalle, el trámite no varió; España gobernaba y la Argentina esperaba. Banega, poco participativo, se parecía poco y nada al que resolvió el partido contra Italia.

La cara la dio sobre todo el debutante Maximiliano Meza, audaz para encarar y peleón contra cualquiera, por más que se llamara Sergio Ramos. Una inesperada buena noticia dentro de un contexto denso: enseguida hubo que tratar de remolcar un 2-0, que llegó tras un desborde de Asensio por derecha y una definición de Isco por izquierda, justo al revés de como habían empezado. El gol de Otamendi, con un cabezazo limpio tras un córner ejecutado por Banega, cortó los "ole" de la gente y sobre todo la sensación de que podía venir algo peor para la Argentina. O no: se trató apenas de una infundada esperanza.

España tardó nada en demostrar que el descuento había sido un paréntesis. Puestos a jugar de nuevo en un exultante Wanda Metropolitano, un movimiento de Iniesta -un giro sobre su eje y pase largo al ingresado Iago Aspas- generó el tercer gol local, conseguido por Isco. Ni tiempo para respirar hubo que ya Thiago Alcántara estaba gritando el cuarto. Y llegó el quinto, y el sexto... Entretanto vinieron los cambios de Sampaoli para intentar detener la hemorragia, un río colorado a esa altura de la noche. Ya no hubo modo de tapar una verdad grande como un templo: sin Messi, hoy la selección no es más que un equipo cualunque.